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TRIBUNA: KEVIN WATKINS

Pobreza y promesas comerciales rotas

KEVIN WATKINS
EL PAIS |  Opinión - 26-11-2002

Hace un año que los gobiernos de los países ricos plantearon un nuevo y hermoso mundo de retórica sobre el comercio internacional. En la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) celebrada en Doha, Qatar, prometieron solemnemente convertir el desarrollo y la reducción de la pobreza en pieza central de una nueva ronda de conversaciones sobre comercio. Esa promesa ha sido completamente rota.

A medida que las negociaciones sobre el comercio se aceleran, el abismo entre las palabras agradables y la acción significativa se agranda cada vez más. Independientemente de las diferencias que se den en la OMC, tanto Estados Unidos como la Unión Europea han mostrado una capacidad verdaderamente impresionante para la hipocresía y los dobles raseros en sus tratos con los países pobres.

Tomemos el caso de la agricultura. En Doha, Estados Unidos y la UE accedieron a ir eliminando paulatinamente las subvenciones a la producción y a la exportación, una exigencia clave para los países en vías de desarrollo. Estas subvenciones destruyen los mercados locales de los agricultores del Tercer Mundo, al inundarlos de importaciones baratas, y hunden los precios mundiales para los exportadores.

¿Qué ha ocurrido desde Doha? La Administración de Bush ha aprobado una ley agropecuaria que aumenta el gasto en dicho sector en un 10% -alrededor de 20.000 millones de dólares al año- y fortalece la relación entre las subvenciones y la producción. Mientras tanto, el presidente francés, Jacques Chirac, ha arrastrado a la UE a un acuerdo que retrasa la reforma de la Política Agrícola Común hasta 2006, como mínimo, al tiempo que mantiene las subvenciones en el nivel actual hasta el año 2013. Esto garantiza la continuación de los excedentes estructurales, especialmente de azúcar, productos lácteos y cereales. Las esperanzas de que la OMC alcance un acuerdo para poner fin a la competencia desleal se están desvaneciendo con rapidez.

Se entiende por qué estas cuestiones se reflejan en las dificultades experimentadas por 10 millones de familias de África Occidental cuyos ingresos dependen de la producción algodonera. Estas familias tienen que competir en los mercados mundiales con EE UU, el mayor exportador del mundo y el que fija el precio mundial. Más precisamente, tienen que competir con unas 25.000 empresas agrícolas de Tejas y otros lugares, que reciben aproximadamente 4.000 millones de dólares en subvenciones. Para poner esta cifra en un contexto: es mayor que todo el Producto Interior Bruto de exportadores de algodón como Burkina Faso o Mali, y más de lo que Estados Unidos aporta en ayudas a toda África.

Cálculos prudentes señalan que las subvenciones al algodón estadounidense están reduciendo los precios mundiales del mismo aproximadamente en una cuarta parte. Debido a esto, los productores de África Occidental pierden unos 200 millones de dólares anuales, privando a sus Estados del dinero necesario para inversiones públicas vitales, y a los hogares, de ingresos. En un grupo de países con algunas de las tasas de pobreza más elevadas y los peores indicadores de mortalidad infantil del mundo, los costes humanos causados por esta situación son inmensos.

Y Europa no es mejor. La UE produce azúcar blanco con uno de los costes más elevados del mundo, y al mismo tiempo es la mayor exportadora. La razón son las subvenciones a la exportación y las restricciones de la importación. A otros productores más eficaces, como Mozambique, se les mantiene fuera del mercado europeo, negando a los trabajadores rurales una vía para salir de la pobreza. Los ganadores en esta situación son las grandes explotaciones y la industria procesadora del azúcar.

La agricultura no es el único área en el que el comercio está amañado en contra de los pobres. Cuando los países en vías de desarrollo exportan a los países ricos bienes cuya fabricación exige un uso intensivo de la mano de obra, se enfrentan a unos aranceles medios cuatro veces superiores a los aplicados cuando los países ricos comercian entre sí; por no hablar del apabullante despliegue de cuotas. Se ha calculado que las cuotas de importación de prendas y productos textiles, aplicadas bajo el Acuerdo Multifibra, les cuestan a los países en desarrollo 20 millones de puestos de trabajo al año. En Doha, la Unión Europea y Estados Unidos aceptaron comprometerse mediante acuerdo a eliminar paulatinamente dichas cuotas. Pero ambos van deplorablemente retrasados respecto al calendario previsto.

Ninguno de nosotros debería estar dispuesto a tolerar la insensata falta de responsabilidad de que hace gala actualmente la OMC. Las relaciones comerciales injustas perpetúan la pobreza y las extremas desigualdades que amenazan la estabilidad internacional. Y la credibilidad, ya de por sí forzada, del sistema multilateral basado en las normas no sobrevivirá a no ser que dichas normas tengan en cuenta las necesidades de los pobres.